El corazón de una cámara digital es su sensor, por lo general un CCD (dispositivo de carga acoplada). Este chip de silicio incorpora una matriz de elementos llamados SPD o fotodiodos de silicio. Cada uno de ellos acumula una carga de acuerdo con la cantidad de luz que reciben. Para el registro de imágenes se organizan un número suficiente, de tal modo que puedan ser leídos secuencialmente.Después de que todo el chip se haya expuesto a una imagen enfocada por el objetivo, se leen las cargas eléctricas, fila por fila, y se digitalizan. Cuando se ha procesado la última fila, su información se borra y cambia el contenido de las otras filas para que pueda leerse la siguiente.
De esta forma, los datos de cada fila se unen o se acoplan a la siguiente, de aquí el nombre de “dispositivo de carga acoplada”. Los datos para la imagen son transferidos a una tarjeta de memoria extraíble en la cámara, y el CCD se reajusta para una nueva toma.
La película de color tiene tres capas de emulsión, cada una sensible a uno de estos colores; el resultado es una imagen a todo color, conseguida mediante el modelo llamado RGB. La solución digital es similar: unos receptores se filtran para la luz roja, otros para la luz verde otros para la luz azul. Aquí, sin embargo, surge un problema de fabricación. Mientras que en la película las capas de color están dispuestas una encima de otra, los receptores de pixeles en un CCD tienen que situarse lado con lado.
Las cámaras de estudio diseñadas para fotografía de bodegones solucionan el problema usando todo el CCD tres veces seguidas, cada una a través de un filtro diferente. Las cámaras de tres disparos no tienen pérdidas de resolución, pero por supuesto sólo resultan útiles con sujetos estáticos.
Un nuevo competidor del CCD es el CMOS (semiconductor complementario de éxido metálico), que funciona según el mismo principio, pero se fabrica siguiendo el proceso empleado para hacer la mayoría de chips de memoria para ordenadores. En realidad, se trata de un chip de memoria convencional con un captor sensible a la luz en cada célula, por lo que su fabricación resulta más barata y tiene el potencial para procesar la información directamente.
El punto principal continúa siendo la resolución: la cantidad de detalle que puede captar el sensor y, en última instancia, el tamaño máximo de amplicación. Esto depende del número de pixeles –cuantos más, mejor, sin duda. Recientes avances en la tecnología CMOS incluyen la posibilidad de captar imágenes de 16 megapixeles, lo que acerca la resolución digital a la fotoquímica.
Freeman, Michael. Guía completa de la fotografía digital. Barcelona, Blume, 2003. (3ª edición)

